RELACIONES ENTRE CONTROL SOCIAL Y ESTRATEGIA REPRESIVA
      Estudio histórico y actual del proceso en Euskal Herria


      4.- EL ESTADO COMO CENTRALIZADOR ESTRATEGICO DEL SISTEMA:

      En el tema que tratamos como en el resto de las funciones estatales, el Estado busca funcionar lo más alejado posible de cualquier visibilización y publicitación de sus múltiples, directas y permanentes intervenciones en la vida colectiva. Téngase en cuenta que hablamos de Estado y no de Gobierno, y menos aún de Parlamento, es decir, tenemos que saber que existen, como mínimo, cinco niveles de importancia en el complejo sistema de poder: el primero y decisivo, el Estado como estructura estable y permanente, burocrática, jerárquica y disciplinada; el segundo, el gobierno como estructura inestable y periódica que depende de factores sociopolíticos que afectan con mucha menos fuerza al Estado; el tercero, el sistema parlamentario, que es en la sociedad burguesa un instrumento legitimador del poder estatal con especial función en justificar la impunidad y el secretismo del Estado en los "temas sensibles", es decir, vitales para la continuidad del poder capitalista; el cuarto, en muchos Estados los diversos poderes regionales producto de la descentralización administrativa que esos estados han debido realizar por razones diferentes a cada uno de ellos pero que se sintetizan, la inmensa mayoría, en una necesidad de responder a las crecientes complejidades de la práctica del poder y, a la vez, la de aminorar, paralizar o controlar con concesiones descentralizadoras las reivindicaciones de los pueblos ocupados, y la quinta y última, la amplia red de instituciones paraestatales, extraestatales y privadas que se relacionan de mil modos con estos cuatro niveles anteriores y que se extienden por toda la sociedad.

      Como se ve, rechazamos la teoría burguesa de la división del poder en tres instituciones --legislativo, judicial y ejecutivo-- que se supone garantizan el control "democrático" y "transparencia" política. Esta teoría no ha funcionado en su interpretación oficial nunca, ni siquiera cuando la expresó Montesquieu en la primera mitad del siglo XVIII, aunque sí ha funcionado y funciona desde entonces hasta ahora como sistema legitimador y a la vez ocultador del real funcionamiento, cuando menos opaco y muy turbio, del poder capitalista. Podemos decir que, en realidad, el secretismo y el oscurantismo burocrático aumentan conforme nos introducimos de los niveles más exteriores a los más interiores y céntricos, es decir, si nos imaginamos cinco esferas concéntricas en las que las exteriores son los niveles quinto y cuarto, el tercero el intermedio, y el segundo y el primero los más céntricos, por este orden, vemos que la opacidad se vuelve impunidad conforme pasamos de las instituciones extraestatales y privadas, a las regionales y autonomistas, después a las parlamentarias, pasando luego al gobierno y terminando en las burocracias del Estado. Es cierto que hay canales y conexiones directas entre los diversos departamentos y oficinas existentes en esos niveles, de modo que la opacidad en muchas instituciones privadas llega a ser total e impune secretismo si tienen relación con sistemas represivos u otros pertenecientes al centro del Estado, pero ahora no tenemos espacio para analizar más al detalle esta red interna que conecta a los subsistemas de control, vigilancia, represión y propaganda y los supedita al centro estatal.

      Aunque la prensa del poder hace esfuerzos titánicos para ocultar esta realidad, logrando que la inmensa mayoría de la población la desconozca, no puede impedir del todo que se filtren algunas referencias, noticias y hasta denuncias sobre la extrema gravedad del secretismo estatal. Así por ejemplo sabemos que incluso la Unión Europea tiene que protegerse del espionaje de los EEUU, y de la ya anticuada Red Echelon;. También sabemos cómo en problemas estratégicos para el capitalismo mundial ese secretismo se internacionaliza para preparar genocidios político-militares como los de la Operación Cóndor y otras muchas. Tampoco debemos olvidar las crecientes atribuciones concedidas a empresas privadas en I+D de altas tecnologías de espionaje, vigilancia, control y manipulación política en general pero también de género, sindical, estudiantil, étnica y nacional, industrial, científico y tecnológico, comercial y hasta artístico, etc. Una constante en todas estas informaciones es que los Estados tienen una muy clara perspectiva histórica de la evolución de los sistemas represivos y de la importancia de las innovaciones tecnológicas en esa evolución. El célebre "Informe Nora-Minc" encargado por el Estado francés a mediados de la década de 1970 es uno de tantos ejemplos que muestran cómo antes de que la "opinión pública" se entere, los Estados van muy por delante en la Investigación y Desarrollo de nuevos sistemas represivos.

      Otra constante, que se reitera en este informe francés, es que sus realizadores son investigadores fieles al Estado y al capitalismo, situados muy por encima de las pequeñas e insustanciales disputas políticas entre partidos reformistas o conservadores que pueden acceder al gobierno. De hecho, en el informe francés fueron previamente vetados sin contemplaciones varios expertos en telecomunicaciones y ordenadores que tenían el orgullo de ser marxistas, y por tanto enemigos del sistema. Los ejemplos son tan abundantes e incontrovertibles --recordemos, sin ir más lejos, la calaña reaccionaria y hasta filonazi que realizó el tristemente conocido como "Informe de los Expertos" del PNV desde comienzos de 1985 hasta 1986-- que no merece la pena extendernos en ellos. La causa de semejante selectividad en la elección de los investigadores es obvia y surge de la propia naturaleza de los instrumentos de poder que se constituyen con anterioridad seleccionando muy rigurosamente y perfeccionando a sus funcionarios. Si hay algo esencialmente antidemocrático, además de la Iglesia, son los aparatos estratégicos del Estado en su núcleo duro formado por, básicamente, funcionarios económicos y fuerzas represivas, y ayudados luego por otras burocracias también importantes pero no tan decisivas. Son estos poderes invisibles, y el arsenal legal del que disponen así como la costumbre establecida, los que seleccionan posteriormente a los investigadores siempre políticamente fieles al poder establecido, de modo que aunque formalmente se dé la imagen exterior de cumplimiento de ciertos requisitos de convocatorias, etc., en la práctica se hacen los estudios en el mayor de los secretos.

      Lo que nos interesa de todo este panorama es precisamente esto, la importancia clave del secreto, del silencio y de la ocultación. Lo esencial de los debates que se celebraron entre representantes de servicios secretos y policiales de muchos Estados en los cursos de verano del 2000 de la Universidad Complutense en Madrid, fue cómo todos los Estados se reservaban el derecho a mantener de un modo u otro determinadas áreas de oscuridad, de impune secretismo que sólo puede ser controlado por comités especiales. Ahora bien, cometeríamos un error imperdonable si creyéramos que el secretismo es exclusivo de las fuerzas represivas. No es así en modo alguno. De hecho, el secretismo es necesario para cualquier elaboración de una estrategia opresiva, sea material o simbólica; sea económica, militar, cultural, religiosa, etc., porque siempre el poder opresor ha de buscar la iniciativa cuando proyecta alguna medida contra la gente oprimida. Esa ventaja es importante en varias cuestiones como son, entre varias, una, mantener o lograr con anterioridad la unidad del bando opresor; otra, llevar ventaja a la hora de responder a las quejas y protestas de los oprimidos; además, disponer gracias a ese secretismo de datos fiables sobre disensiones internas en las masas oprimidas, para poder dividirlas. También poder aparentar que se concede alguna reivindicación suya cuando esta u otras ya estaban previstas en el plan inicial desconocido por los afectados y último, por no extendernos, tener elaborados en ese plan previo los diversos supuestos represivos, con sus fases y modalidades dependiendo de variables integradas en el esquema general.

      La lógica de esta metodología planificadora es tan vieja como es vieja la opresión y la explotación, y surge de la necesidad que tiene el opresor de prevenir en lo posible las reacciones que puede encontrar entre los oprimidos y las formas de superarlas, desactivarlas, dividirlas o simplemente aplastarlas. En la medida en que los planes se realizan a la luz, públicamente, en esa medida está dando posibilidades a los oprimidos para reaccionar con antelación y, lo que es peor para el poder, con conocimiento de causa. Con la evolución histórica de los mecanismos de opresión, el poder se ha dotado de instrumentos más amplios y complejos no sólo para intentar elaborar sus planes salvaguardando el secreto, sino también desarrollando los aparatos de Estado capaces de empantanar, marear, cansar y agotar las reacciones de los oprimidos, siempre que se muevan en la legalidad impuesta por el poder. Se ha ido generando así una selva caótica e impenetrable de instancias legales, requisitos, papeleos, permisos, oficinas, sellos y plazos que absorben tiempo y recursos a los oprimidos de modo que muy pocas son las conquistas sociales obtenidas por esas vías que llegan a tiempo para resolver el problema concreto. Hay que tener en cuenta que estas reivindicaciones deben enfrentarse no sólo a la inercia obstruccionista del entramado selvático institucional, sino también a las resistencias de los micropoderes que en la cotidianeidad individual, en la familia, en la pareja, en la soledad individual presionan mediante el control social, la presión vigilante, la alienación de la propaganda manipuladora y la amenaza represiva.

      Es decir, el Estado dispone no sólo de la ventaja inicial del secretismo en su funcionamiento sino también de la ventaja añadida de las enormes dificultades inmediatas, personales, subjetivas e individuales que han de superar los oprimidos uno por uno y colectivamente a la hora de cuestionarse, siquiera de poner en duda, la situación que padecen y cómo empezar a enfrentarse a ella. La importancia de estos momentos es innegable porque dependiendo de qué información se disponga, de qué apoyos se cuente, de qué experiencias ajenas se disponga, etc., dependiendo de estas y otras circunstancias, se optará con más o menos decisión por una u otra vía, por la pasividad o por la lucha. Comprendemos así la extrema importancia que adquiere el sistema entero de silenciamiento, ocultación y secretismo inherentes a las prácticas de poder, sean estas las que fueren. Sumergidos en un océano de ignorancia, manipulación e incomunicación, los oprimidos sólo reciben para orientarse en la oscuridad los escasos datos que el poder quiere darles. Es cierto que existe alguna competencia entre los diferentes medios de propaganda, pero afecta sólo a lo superficial e insustancial pues defiende con fanatismo lo esencial al sistema. El Estado dispone de poderosos instrumentos de presión sobre los medios de propaganda para ayudarles a decir lo que el poder capitalista quiere que se diga. Aunque no es este el lugar para una crítica de los medios de manipulación, sí hay que decir que éstos tampoco necesitan ni consejos, ni ayudas ni menos aún presiones o amenazas del Estado para que defiendan al sistema, por la sencilla razón de que ellos, los medios, son también parte importante del sistema y deben defenderse a sí mismos.

      Pero la dirección centralizada que ejerce el Estado llega también a los diversos controles sociales, a los mecanismos que en la vida cotidiana aseguran que las disciplinas, normas y regulaciones patriarcales, sexuales, educativas, culturales, sanitarias, laborales, etc., se cumplan regularmente. No es en modo alguno una dirección estricta y absoluta, sino que deja hacer, concede mucha autonomía e iniciativa a los subpoderes o micropoderes que controlan esas situaciones opresivas. El propio sistema se ha encargado con anterioridad de purgar, seleccionar y preparar a personas concretas para delegarles esos micropoderes cotidianos inherentes al control social. La sociedad patriarco-burguesa dispone de efectivos sistemas de expulsión, marginación y neutralización de las personas que, por las razones que fueran, no sólo no superan los exámenes de fiabilidad y fidelidad para ejercer algún nivel de poder en los diversos controles sociales cotidianos, sino que se oponen de algún modo, se resisten o simplemente pasan de hacerlo. Los sutiles o burdos, invisibles o visibles modos de exclusión y castigo funcionan desde la primera niñez y con la intervención de familiares, amigos, vecinos, profesores, curas, patrones, asistentes sociales, médicos, psicólogos, abogados, etc., van enmarcando a cada cual en un lugar en la jerarquía de obediencia y sumisión que existe dentro de la explotación patriarcal, nacional y de clase.

      La centralidad y presencia estatal en los controles es estratégica más que táctica. Es decir, se materializa sobre todo con la imposición de los grandes ejes de desarrollo del capitalismo, y de sus respectivos capítulos presupuestarios que afectan directa y estructuralmente a las formas de reproducción de la fuerza de trabajo social. Básicamente hablamos de, primero, los presupuestos generales del Estado; segundo, las directrices de largo alcance que afectan directamente a la cotidianeidad popular y a la reproducción de esa fuerza de trabajo; tercero, a la política de planificación familiar y de aumento de la población y, sin poder extendernos, último, a la política de fortalecimiento de la identidad estato-nacional de la clase dominante en ese territorio de producción, consumo y reproducción ampliada. Según las situaciones y necesidades, tendrán más importancia unos que otros ejes, o todos a la vez, pero son los recursos que el Estado tiene para imponer los infranqueables límites dentro de los cuales ha de moverse la autonomía relativa de los controles sociales. Superarlos es causa de feroz represión, y superar o abusar de ciertas libertades internas, es objeto de su correspondiente advertencia, amenaza o castigo. Como se aprecia, los cuatro ejes fundamentales corresponden antes que nada a los poderes del Estado y en menor medida a los del gobierno de turno, que puede ser sustituido por otro tal vez de signo político diferente, pero que no se atreverá a cambiar drástica y radicalmente los presupuestos generales en vigor, ni siquiera a variar muy significativamente las estrategias socioeconómicas establecidas, a no ser que sea revolucionario.

      La presencia táctica del Estado en los controles sociales se realiza mayormente con los sistemas de vigilancia selectiva pues son estos los encargados de intervenir o presionar de manera creciente para que aquellos restablezcan su efectividad si la han perdido o la multipliquen si la burguesía, el patriarcado y el Estado ocupante necesitan ampliar sus beneficios materiales y simbólicos. Son los sistemas de vigilancia los que llegan a los controles, a los sindicatos reformistas, a los padres y esposos, a los profesores, etc., y les ayudan en el endurecimiento del control. Son los ministerios y las burocracias, los sistemas educativos y universitarios, los sistemas médicos, las Iglesias, las instituciones paraestatales y extraestatales pero relacionadas con convenios y acuerdos con el Estado, la prensa y sus múltiples recursos, etc., los que valiéndose de sus más estrechos lazos con el Estado transmiten las directrices oficiales a los subpoderes y micropoderes que funcionan en los controles sociales. Los sistemas de vigilancia son sistemas de supervisión y control medio de los controles más bajos en la escala jerárquica de explotación, lo que les confiere una apreciable capacidad de presión sobre las personas e instituciones que en la vida cotidiana realizan el seguimiento de la buena marcha de la producción de la fuerza de trabajo social.

      El Estado sí puede y quiere controlar más de cerca los sistemas de vigilancia ya que, de un lado, dependen de sus directrices tácticas que no sólo estratégicas más estrecha y asiduamente que los controles cotidianos y, de otro, a su vez necesita de la enorme masa de información que las vigilancias le aportan convenientemente digerida y empaquetada de modo que facilita sobremanera el trabajo de los dos restantes subsistemas como son el de la manipulación propagandística y el de la represión policial. Más aún, en la medida en que el Estado se hace presente mediante muchos de sus ministerios en el interior de muchos de esos sistemas de vigilancia, en esa medida logra una muy cercana aproximación a los controles sociales sin necesidad de intermediarios. Además, es una proximidad indirecta e invisible porque el Estado se camufla tras esas instituciones que son las que absorben las quejas y el malestar popular, retrasando o evitando la deslegitimación del Estado, crisis esta infinitamente más peligrosa para el capitalismo y sobre todo la opresión nacional, aunque en menor medida para el orden patriarcal, que las periódicas e inevitables crisis de gobierno.

      La centralidad estratégica del Estado aparece en su plena vigencia cuando cierra y destruye los medios de comunicación concienciadora de las masas oprimidas. También cuando restringe, censura, limita y condiciona con mil subterfugios, leyes y exclusiones en las financiaciones y ayudas económicas directas e indirectas a los medios de prensa escrita y audiovisual crítica y alternativa, peligrosa o simplemente que no se doblega a sus "consejos" o sus mandatos directos. Además, el Estado interviene estratégicamente en la liquidación de la libertad de expresión cuando facilita desde y con sus recursos las grandes fusiones empresariales y la creación de corporaciones mediáticas e industriales integradas que defienden los mismos intereses sociales, nacionales y patriarcales que asumen el gobierno establecido. Pero esta crítica, aun siendo cierta y válida, es muy limitada porque olvida otras formas de restricción informativa y comunicacional que tiene el Estado y de las cuales sólo podemos citar ahora, una, los ataques sociales al tiempo libre y de recomposición de la fuerza del trabajo, que disminuyen el tiempo disponible para la lectura y el pensamiento crítico, para el debate y la contrastación de ideas, etc.; dos, el empeoramiento de las condiciones de vida, de salario, de transporte, de cultura, etc., de las masas, lo que disminuye drásticamente sus posibilidades de información veraz; tres, dejar vía libre a la mercantilización, el consumismo compulsivo, el sexismo, la violencia machista y el racismo en los medios de alienación, cuando no impulsarlas sutil o abiertamente; cuatro, crear y mantener reuniones periódicas con los directores y propietarios de los medios de manipulación para evaluar la efectividad de la guerra psicológica y propagandística y, por último, o desde el principio, presionando abiertamente para que sólo se informe de lo conveniente a la nación opresora y en detrimento de las oprimidas.

      Por último, la centralidad estatal en el desenvolvimiento del subsistema policial es tan manifiesta que no merece la pena extendernos en ella, aunque sí es necesario insistir en que, primero, la policía es sólo una parte de la totalidad de las fuerzas represivas; segundo, los cambios internacionales están integrando a las policías dentro de los bloques militares como la OTAN y otros; tercero, la policía está evolucionando cada vez hacia una militarización adaptada a las condiciones urbano-industriales o rurales según la zona geográfica en la que tenga que reprimir; cuarto, la policía municipal se está especializando como policía represiva, con sus cuerpos especiales y está entrando en una estrecha relación con otros cuerpos policiales; quinto, las policías regionales, como la Ertzaintza, no se libran de estas transformaciones y se adaptan a ellas; sexto, a la vez se multiplican las policías privadas que funcionan en estrecha relación político-administrativa con las policías públicas y, séptimo, las policías incrementan su eficacia de vigilancia y control, de espionaje y penetración en los niveles más reducidos de la cotidianeidad gracias a las nuevas tecnologías y a la agilización del funcionamiento burocrático del sistema represivo. No hace falta insistir en que ninguna de estas siete grandes transformaciones, y otras secundarias que no podemos citar, serían irrealizables o tardarían mucho tiempo en darse sin la permanente intervención del Estado con sus medios de centralización estratégica y táctica del sistema represivo.


      5.- UN EJEMPLO MUY ACTUAL DE SISTEMA REPRESIVO PURO Y DURO

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